El Ciclo continúa las actividades literarias que se realizan en la localidad. Si en verano los amantes de la poesía pueden escuchar versos en directo a orillas del Órbigo, durante los meses de otoño es la prosa la que se acerca al público para compartir una tarde con los autores participantes y su obra.
Esta cuarta edición del Ciclo Literario “En Otoño, Narradores” está, como las pasadas, organizada desde la Biblioteca “Río Órbigo”, (desde aquí agradecemos a Helena, la bibliotecaria, sus esfuerzos en cuidar cada detalle para que todo salga perfecto); y la colaboración de la Diputación de León a través del Instituto Leonés de Cultura y la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Villarejo de Órbigo.
La novedad de este año es el patrocinio privado, concretamente el de los restaurantes “El Reguero Moro” , “La Barca” y “Soportal”.
Como en convocatorias anteriores, la coordinación del Ciclo es realizada por Tomás Néstor Martínez Álvarez.
Este año nos acompañarán, además de Andrés Martínez Oria en la primera convocatoria, Pepe Monteserín (15 de noviembre) y Alejandro M. Gallo (13 de diciembre).
ANDRÉS
MARTÍNEZ ORIA, PINTOR DE AMBIENTES EN
TERRITORIOS IRREDENTOS.
Por Tomás-Néstor Martínez Álvarez.
Inútil
será buscar caminos a través de espacios trillados. Lo esperado y conocido no
interesa. Hacia el extravío, en el laberinto se halla la verdad literaria y
narrativa de Martínez Oria. Pasen y lean. Pérdida. Vagabundeo. Derrota.
Un entorno rural poco amable, áspero y
huidizo, agazapado en un noroeste peninsular, ya irredento, perdido y siempre
de paso en cualquier mapa, con la mirada enarcada hacia el Teleno, queda
recogido en textos como "Más allá del olvido" o en "Flores de
malva", libro de viajes por un espacio cuyo nombre define cuanto en él se
pueda hallar, la Sequeda. Y
la ciudad también estará presente. Como contrapunto, tal vez, tiene su
oportunidad y tiempo: en "La luz y el laberinto", -París-; Madrid en
"Silencio púrpura" o de refilón en "El raro extravío del
viajante Eterio en el pinar de Xaudella".

"Más allá del olvido"
conforma -sin olvidar "Jardín
perdido", éste en otra sintonía- un
texto admirable. La agilidad en el discurrir de la narración, ese juego o salto
sin red de movimientos graduales del tiempo narrativo, el dominio de la palabra
precisa y sorprendente a veces, una presencia no disimulada de poesía, todo ello llega a manos de unas
gentes que saben moverse en ámbitos sentidos como propios y hasta se muestran
capaces de abarcar nuevos espacios y territorios según señalen sus vidas. Esas
mismas gentes, nunca personajes, controlan el discurrir de la obra. Para el
autor, demiurgo en la sombra, quede la contemplación satisfecha de sus
criaturas; él las habrá redimido del paso del tiempo, las ha recuperado de la
memoria: ya tienen la vida del recuerdo.

Quisiera destacar, tras estas aceleradas
palabras, un relato imprescindible y maestro, "El fondo ilusorio de los
espejos": emoción sorprendente capaz de mover a seres comunes con sus
pálpitos y pasiones, El relato se mueve con tal soltura que el lector olvida el
texto; se adentra en las imágenes y prescinde de las palabras.
¿Pintura al fresco?
¿Proyección cinematográfica? ¡Sólo literatura; de la de verdad!
Andrés
Martínez Oria (Salamanca, 1950).
Licenciado en
Filología Románica por la
Universidad de Oviedo y catedrático de Lengua y Literatura
española. Desde niño reside en Astorga, donde ejerció su labor docente.
Colaborador habitual de diversas revistas culturales. Entre otros premios, en el año 2000 obtuvo el Internacional de Cuentos Miguel de Unamuno con El bar de la
curva.
Elogiado por intelectuales y críticos de
la talla de Víctor García de la
Concha, Ricardo Senabre o Joaquín Serrano, por citar algunos
nombres, Martínez Oria nos ofrece en su trabajo bastante más que la
perfección formal, la riqueza del lenguaje, o la innovación que supone
trasladar la introspección al primer plano argumental; nos ofrece la
reconciliación con la literatura; la recuperación del placer de tener un buen
libro entre las manos, y arrancar un tiempo, hoy precioso, para dedicarlo a su
lectura.
BIBLIOGRAFÍA
Su novela Más
allá del olvido, ambientada en la comarca de la Maragatería leonesa reconstruye, de manera fragmentada, desolados paisajes y existencias
paupérrimas. La crítica ha resaltado su prosa de infrecuente plasticidad y
exactitud y la ha emparentado con obras tan singulares como La fatiga del
sol, de Luciano G. Egido, o Espejos de humo, de Moisés Pascual
Pozas, donde la sombra de la muerte se proyecta, de manera asfixiante, sobre
los vivos.
“Estaba
sólo, recordando una lluvia de octubre que erosionaba el ánimo mejor tallado.
Estaba recordando un olor a verde de palmeras, de magnolias, de cipreses, de
senderos enarenados, de radículas de aligustre, de boj recién podado, de
estatuas de mármol y fuentes de agua detenidas, de insectos y caracoles
reducidos a caparazón vacío, de sombras reducidas a armadura vacía. El recuerdo
huele a veces a madera recién encerada, a vahos de sándalo agarrados a los
calados de las tallas…”
(Fragmento de Más allá del olvido)
El raro extravío
del viajante Eterio del Pinar de Xaudella, aunque
publicada después, es de redacción bastante anterior a Más allá del olvido, y
en ella se apuntan ya muchos de los rasgos que brillarán en aquélla. En ella se
narra una historia donde se mezclan el costumbrismo y la fantasía, el delirio y
la realidad. El protagonista de esta obra, Eterio, representante de artículos
de lencería, ve como su rutina da un vuelco el día en que se desorienta en el
campo y asiste al aterrizaje de un ovni.
“No es fácil huir, por mucho que uno se
aleje. Que si otros se mueven menos y ganan más, que si podía haber seguido los
estudios y tener una profesión de más enjundia, que si esto y lo otro y lo de
más allá, dice la madre, y uno acaba amargado. Debe ser la racha. Envidio a la
gente como tú, que sabe lo que quiere, se planta y dice, se acabó, vivo mi vida
y punto, y que le den morcilla. Hay que saber decir no, tampoco es fácil, y
escapar a tiempo de las trampas de la vida. La ciudad te atrapa, te mete en la
rutina y no hay salida. Encuentras un trabajo si tienes suerte, ésa es otra, te
echas novia, te casas, te empufas para pagar un piso donde consumirte entre
paredes que no amortiguan ni el ruido del somier cuando echas un polvo, perdona
que lo diga así, tienes hijos que no paran de sangrarte, envejeces avinagrado,
te mueres de asco y tiran tus cenizas a la basura para no perder tiempo en
llevar flores a la tumba, eso es todo, no hay más misterio en esta piltrafilla
que llamamos vida.”
(El raro extravío del viajante Eterio
en el Pinar de Xaudella)

En la primera de ellas, “El fondo ilusorio de los espejos”, un cura joven deberá hacerse cargo de varios pueblos habitados por escasos ancianos.
“La luz y el laberinto” es un diario que un estudiante escribe de su estancia de dos meses de verano en París, en una época de penurias y de deslumbrantes descubrimientos literarios.
“Silencio púrpura”, la novela que da título al volumen y sin duda la más ambiciosa de las tres, aborda los atentados terroristas del 11-M, a través de varios de los ocupantes del tren.

“No era fácil desentrañar aquella
malquerencia, esclarecer aquel encono, averiguar aquella persecución, descifrar
aquel acoso que amenazaba desde la sombra a la familia, como la madreselva,
olorosa y tierna, se iba apoderando de árboles y plantas hasta asfixiarlas.
Bien claro estaba que no los querían, que había vecinos envidiosos, que no
podían confiar en nadie, y sin embargo él se empeñaba en ser amable, en disculparlos,
en quitarle hierro a todo”
(Jardín perdido: la aventura vital de
los Panero)

“En
los postes medita la cigüeña, garabatín de pluma y aire sostenido de milagro en
el azul Transparente”
“El
hombre es un ser llamado a cambiar el verde de la vegetación por el negro del
asfalto, para ir a toda prisa a ningún sitio. Es, dice para justificarlo, la
gabela que pide insaciable eñl progreso. Porque hoy solo se piensa en el
progreso. Antes se arrellanaba uno en el presente inmutable y a vivir, ahora nos
queremos instalar en un futuro virtual que llamamos progreso y para alcanzarlo
hay que correr lo suyo, por eso pintamos de negro el paisaje. Un vivir sin
vivir.
El
caminante va pensando en esto y otras cosas que no pone aquí para no alrmar ni
causar mala impresión; cuando la jornada es larga y va uno solo, se piensa en
lo que sea para olvidar el camino y la soledad. “
(Flores de malva)
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