
Nos llevamos una alegría al ver tanta gente menuda entre los asistentes, y escuchar en vivo sus lecturas elegidas: cuentos, poesías, dramatizaciones...
Reproduzco aquí las aportaciones originales de Manuela Bodas y Conrado Santamaría.
LOS
SACAMANTECAS
Manuela Bodas Puente
Manuela Bodas Puente
-¡Hombre
Tomás! ¿Cómo te va? Hacía tiempo que no te veía.
-Si es cierto, ya sabes anda uno liao, el campo es lo que tiene. Tu lo
sabes mejor que naide.
-¿Pero
qué traes ahí en el brazo, te has mancau?
-¡No
hombre! ¿Pero no te has enterao de lo
del autobús que viene a recoger sangre, pa
llevarla al hospital y ponérsela al que
la necesite?
¡Pero estáis tontos uqué! En este pueblo sus creéis cualquier cosa que sus digan! Esos que vienen en el autobús
son unos sacamantecas buenos. Sacan la salud de unos, pa luego, vender la sangre a quien mejor se la pague!
-¡No seas bruto Tomás! Ojalá no necesites
nunca una transfusión.
No había pasado una semana, cuando el
solidario donante de sangre, se enteró por un vecino, que Tomás estaba
ingresado en el hospital.
-Pues si, dicen que le dio una
hemorragia interna y por poco las palma, llegó vivo al hospital de milagro, y
menos mal que había reservas de sangre, de lo contrario, ya estaría criando
malvas. ¿De qué te ríes?
-No es que me ría, me sonrío. La semana
pasado cuando vino al pueblo, la
Hermandad de Donantes de Sangre de León, estuvimos hablando y
el muy bruto, ya sabes como es, me despachó con uno de sus exabruptos. ¿Cómo
iba a pensar que necesitaría, tan urgentemente sangre ajena, y que además, tendría
que agradecérselo a los que él llamaba sacamantecas, burlándose del gran
trabajo del personal que lleva a cabo las
recolectas de sangre y de todas las personas solidarias que forman la
gran familia de los donantes?
Manuela
Bodas Puente
Canción
de corro del niño palestino
Conrado Santamaría
Conrado Santamaría
Quiero, madre, quiero,
nunca me das nada,
quiero, quiero, quiero,
quiero una granada.
Las piedras,
mi madre,
las piedras
no sirven,
las piedras
no valen,
las piedras,
mi madre,
no matan
soldados
ni paran
los tanques.
Las piedras,
mi madre,
son sólo
miseria,
son muerte,
son cárcel,
las piedras,
mi madre,
tortura,
son sangre.
Las piedras,
mi madre,
no matan
soldados
ni paran
los tanques.
Quiero, madre, quiero,
nunca me das nada,
quiero, quiero, quiero,
quiero una granada,
que abrase los tanques
que todo lo abrasan.
Conrado Santamaría. Cancionero
de escombros con hoguera. Trabuco, 2014.
Este poema fue musicalizado
y grabado en diciembre de 2013 por El Niño de Elche con la colaboración de
David Trashumante a las palmas. Puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=uA_lu3Guze4
También en el blog
escombrosconhoguera.blogspot.com
Hubo más aportaciones, tanto originales como de otros, que cada lector esogió a su gusto.
Con mucho gusto añadiré aquí las que me lleguen
Personalmente, leí un poema en prosa de Luis Cernuda, del libro Ocnos (enlazo este artículo de El País porque es precisamente esa la edición que tengo). Había escogido en un principio el poema que abre el libro, titulado "La Poesía", pero al ver la cantidad de mocines y mocinas que había -desde cuatro años, yo creo- decidí leer "El viaje", que describe maravillosamente qué fácil es viajar montados en los libros.
El Viaje
En los estantes de la biblioteca paterna, y a escondidas, porque no le permitían su uso, halló el niño unos tomos en folio de encuadernación rojo y oro, por cuyas páginas se ahondaban los grabados con encato indecible. Ellos fueron quizá los que primero llamaron su atención, más que los nombres de las ciudades desconocidas que llevaban en el lomo: Roma, París, Berlín: Luego, en otros rincones de la biblioteca y no tan a la vista, le aparecieron pliegos sin encuadernar de libros idénticos; pero esta vez los países y las comarcas de que hablaban eran más remotos: India, Japón, regiones vastas del continente africano y americano. Luego supo que algunas de aquellas obras eran famosas en la literatura de viajes, como la del capitán Cook o las exploraciones de Stanley en busca de Livingstone. El niño entonces sólo sabía contemplar largamente los grabados e ir de ellos al texto, saturándose de la variedad, de la vastedad, de la maravilla del mundo.
Ningún deseo despertaba en él todavía de ver en la realidad aquellas ciudades, aquellos países de que lo libros le hablaban. Tan feliz era, tal plenamente feliz hojeando y leyendo sus libros: le bastaba entonces la imaginación, la visión interior, cuya riqueza en él no conocía, aunque la poseyera. Y con su libro voluminoso bajo la lámpara de invierno o sobre uno de los peldaños (lo fresco del mármol era otro aliciente durante la lectura estival) de la escalera que bajaba al patio, a la luz dulce y tamizada por el toldo, leía y leía, veía y veía, atesorando en la mente ríos y mares, paisajes y ciudades, calles y plazas, edificios y monumentos. (Tan bien que, años más tarde, cuando la visita primera a una de las ciudades de sus libros, fue reconociéndoa toda como si en una existencia anterior la hubiese habitado).
Mas con esas y otras lecturas iba aprendiendo que ni la vida ni el mundo eran, o al menos no eran sólo, aquél rincón nativo, aquellas paredes que velaban sobre su existir infantil; y sembrando así para la curiosidad adolescente la semilla, el germen de una dolencia terrible (terrible en el caso, que precisamente era el suyo, de quien, privado de fortuna debiera afincar en un sitio y pasar allí la vida, ganando en un trabajo ingrato lo suficiente para llegar de un día al otro): la dolencia que consiste en un afán de ver mundo, de mirar cuanto se nos antoja necesario, o simplemente placentero, para formación o satisfación de nuestro espíritu.
Y poco a poco, exarcebado el mal con la crisis del crecimiento juvenil, la sirena de un buque en el puerto o el silbato de un tren en el campo le herían como una puñalada, al provocar a su imaginación siempre dispuesta al periplo. Mucho más si se cree, como creía él, que lo que nuestro deseo no halla al lado va a hallarlo a la distancia. Viejo es aquello que dijo alguno: quien corre allende los mares muda de cielo, pero no muda de corazón: lo cual acaso sea verdad (no en este caso particular de que hablamos), mas nunca sabremos que no mudaríamos de corazón, de no correr allende los mares. Lo cual de por sí sería ya razón suficiente para ir de un lugar a otro, manteniendo al menos así, viva y despierta hasta bien tarde, la curiosidad, la juventud del alma.
Ocnos. Luis Cernuda
Puedes enviarme tu lectura a jluislopezd@gmail.com
Felices lecturas
El Viaje
En los estantes de la biblioteca paterna, y a escondidas, porque no le permitían su uso, halló el niño unos tomos en folio de encuadernación rojo y oro, por cuyas páginas se ahondaban los grabados con encato indecible. Ellos fueron quizá los que primero llamaron su atención, más que los nombres de las ciudades desconocidas que llevaban en el lomo: Roma, París, Berlín: Luego, en otros rincones de la biblioteca y no tan a la vista, le aparecieron pliegos sin encuadernar de libros idénticos; pero esta vez los países y las comarcas de que hablaban eran más remotos: India, Japón, regiones vastas del continente africano y americano. Luego supo que algunas de aquellas obras eran famosas en la literatura de viajes, como la del capitán Cook o las exploraciones de Stanley en busca de Livingstone. El niño entonces sólo sabía contemplar largamente los grabados e ir de ellos al texto, saturándose de la variedad, de la vastedad, de la maravilla del mundo.
Ningún deseo despertaba en él todavía de ver en la realidad aquellas ciudades, aquellos países de que lo libros le hablaban. Tan feliz era, tal plenamente feliz hojeando y leyendo sus libros: le bastaba entonces la imaginación, la visión interior, cuya riqueza en él no conocía, aunque la poseyera. Y con su libro voluminoso bajo la lámpara de invierno o sobre uno de los peldaños (lo fresco del mármol era otro aliciente durante la lectura estival) de la escalera que bajaba al patio, a la luz dulce y tamizada por el toldo, leía y leía, veía y veía, atesorando en la mente ríos y mares, paisajes y ciudades, calles y plazas, edificios y monumentos. (Tan bien que, años más tarde, cuando la visita primera a una de las ciudades de sus libros, fue reconociéndoa toda como si en una existencia anterior la hubiese habitado).
Mas con esas y otras lecturas iba aprendiendo que ni la vida ni el mundo eran, o al menos no eran sólo, aquél rincón nativo, aquellas paredes que velaban sobre su existir infantil; y sembrando así para la curiosidad adolescente la semilla, el germen de una dolencia terrible (terrible en el caso, que precisamente era el suyo, de quien, privado de fortuna debiera afincar en un sitio y pasar allí la vida, ganando en un trabajo ingrato lo suficiente para llegar de un día al otro): la dolencia que consiste en un afán de ver mundo, de mirar cuanto se nos antoja necesario, o simplemente placentero, para formación o satisfación de nuestro espíritu.
Y poco a poco, exarcebado el mal con la crisis del crecimiento juvenil, la sirena de un buque en el puerto o el silbato de un tren en el campo le herían como una puñalada, al provocar a su imaginación siempre dispuesta al periplo. Mucho más si se cree, como creía él, que lo que nuestro deseo no halla al lado va a hallarlo a la distancia. Viejo es aquello que dijo alguno: quien corre allende los mares muda de cielo, pero no muda de corazón: lo cual acaso sea verdad (no en este caso particular de que hablamos), mas nunca sabremos que no mudaríamos de corazón, de no correr allende los mares. Lo cual de por sí sería ya razón suficiente para ir de un lugar a otro, manteniendo al menos así, viva y despierta hasta bien tarde, la curiosidad, la juventud del alma.
Ocnos. Luis Cernuda
Puedes enviarme tu lectura a jluislopezd@gmail.com
Felices lecturas